En la vida de un traductor, la realidad siempre tiene un hueco.

coffee blahEsta es la segunda entrega de las andanzas de este personaje urbanita apasionado de la lengua, la literatura, la fotografía, la gastronomía, el dibujo y la vida en general. La Traductora Moderna es una serie de artículos donde la protagonista tiene una profesión relacionada con las palabras. El tono de los artículos es irónico a la par que cómico. Basado en la vida real cualquier parecido con la fantasía es falso.

¿Recuerdan que la semana pasada nuestra Traductora empezó a desarrollar nuevas costumbres veraniegas? ¿Que una de esas costumbres era tomar un café matutino mientras leía dos periódicos en papel? Lo recuerdan, ¿verdad?

Tan feliz estaba ella con su nuevo plan de vida. Su café (por fin, al cabo de los años de veranear en la misma ciudad, había aprendido a pedirlo a su gusto teniendo en cuenta que pedir un café fuera del territorio habitual se convierte en una misión de alto riesgo como las que lleva a cabo James Bond), sus dos periódicos y su hora y media de lectura por delante.

En estas estaba nuestra amiga, completamente relajada y tan contenta con su nueva situación. 
Mientras daba sorbitos a ese café con leche que ahora, por culpa de los localismos se llamaba «sombra» e intentando pasar las hojas del periódico con lentitud, la realidad, que siempre tiene más peso que la ficción, se le vino encima de mala manera.

Ya saben ustedes que las situaciones ideales se dan pocas veces, ¿o me van a decir que aquella vez que estaban debajo de un cocotero en el Caribe con unas ampollas que cubrían todo su cuerpo estaban muy tranquilos? ¡Venga, hombre! ¡Si en las fotos solo se ve algo parecido a una bombilla incandescente!

Y empezó a oír unas frases que provenían de las mesas de al lado. A cada cual más increíble. Los oídos de nuestra traductora empezaron a dilatarse. Nuestra protagonista empezó a no dar crédito a lo que oía y no era para menos. Ahora mismito lo comprobarán. No nos hacemos más de rogar.

Aquí va un extracto de lo que nuestra traductora oyó en las mesas cercanas sin tener que mover un dedo; bueno, un par de ellos si, para poder escribir y que no se le olvidaran estas frasecitas memorables:
«Con la edad que tengo, no tengo clase, tengo aula»
«Bien, aquí, acumulando juventud»
«En el verano, me entra depresión»
«Voy a ir con una amiga hetero monísima»
«La gente de Madrid tiene dinero».

Vaya perlitas, ¿no? ¿O se imaginaban que esas frases se las puede inventar como uno se inventa «El código da Vinci»? No hombre, no, esto solo puede salir del vivo y en directo que siempre ha dado mucho juego.

¿Ven ustedes como la estrategia de alejarse de la pantalla de un ordenador y dejarse llevar por la realidad era muy buena?

Otro día, si se portan bien y nos dejan comentarios alentadores, les contaremos las aventuras en el mercado donde las frases que se oyen son de este tipo:
-«Reina, que tengo los «lenguaos» bien baratos, y te los limpio… y te los frio».
¿No se enamorarían ustedes de un pescadero tan atento con la clientela?

Elena Rodríguez Calatrava

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