De cómo me convertí en la reina de la ruleta

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El mes de julio pasado yo me las prometía tan felices. Con los años, una deja de tener grandes aspiraciones veraniegas para centrarse en cosas más banales como son comerse un helado de mirto o darle vueltas con estilo a un agitador mientras prepara un cóctel. No se crean, girar ese palito metálico a la velocidad adecuada tiene su aquel, prueben, prueben y ya se darán cuenta de que no es nada sencillo dar los acelerones en el momento justo.
En estas estaba yo, cuando la vida, que siempre te sobresalta, me deleitó con una pirueta curiosa. Los traductores, a menudo, nos vemos sobrepasados por ella casi sin darnos cuenta. Como consecuencia de esos sobresaltos, nos metemos en líos varios de los que podemos no tener ni la más remota idea de cómo salir. El mundo de un traductor puede ser muy peligroso y si no, ya lo comprobarán al final del texto.
Este verano, recibí dos mensajes en mi correo electrónico, el cual estaba consultando vía móvil ajeno, todo sea dicho de paso. Una tiene amigos generosos provistos de móviles inteligentes que no saben manejar y que te dejar utilizar a la primera de cambio. El cliente quiere un texto. Stop. Para ya. Stop. Tema 1: la variante de Paroli. Stop. Tema 2: la estrategia de Alambert.
Si les digo que entendía algo, les estaría mintiendo como una bellaca. En esos momentos, un poco más y me da una taquicardia. Iba en un tren, consultando el correo en un móvil ajeno y no entendía de qué iba el dichoso encargo. Cuando conseguí que el AVE acelerara hasta sus famosos 300 kilómetros de velocidad estándar y llegué a la pantalla propia de ordenador, me puse como una posesa a ver el temita del proyecto.
Sorpresa, sorpresa. Yo que no tengo casi ningún vicio que confesar, me veía haciendo frente a un encargo un tanto peculiar. Sí, tengo que confesarlo, soy tan sosa que ni siquiera he fumado en mi vida o he tenido alguna vez eso que la gente llama resaca y que por lo visto, provoca que la cabeza gire en el sentido contrario al de las agujas del reloj. Pero la vida había decidido, por su cuenta, poner remedio a esta situación. En medio de mi poca gracia en el mundo de los vicios, me vi teniendo que introducirme en el universo proceloso de los juegos de azar.
Con lo cual, me pasé las siguientes dos semanas poniéndome las pilas y aprendiendo todo lo relacionado con las ruletas, las apuestas, las probabilidades matemáticas de las apuestas, el papel de los crupieres, cómo conseguir la licencia para serlo, etc.
Si, señores, ya puedo decirlo en voz bien alta y clarita… ¡me he convertido en una experta en juegos de azar y en máquinas tragaperras!
Ahora que el otoño está a punto de llegar, solo estoy deseando que lleguen los viernes por la noche, ponerme de tiros largos, con ese vestido de seda negra tan mono que tengo desde hace más de diez años, mis taconazos, mi lista de estrategias en la cabeza e irme al casino. Cualquier día de estos me jubilo y dejo de ser traductora para convertirme en jugadora profesional o en ludópata, que las dos opciones son válidas.
Ya les decía yo que la vida de traductor puede ser muy pero que muy peligrosa… ¿o no llevaba razón? Elena Rodríguez Calatrava

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