De cómo los Bloody Maries dejaron de formar parte de mi vida

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Ser moderna. En el día de hoy nos vamos a centrar en esta cuestión. A algunos, lo de ser moderno, les sonará a chino pero a medida que vean por dónde van los tiros, tal vez cambien de opinión.

Estas cosas suceden. Una se levanta una jovial mañana de invierno, lo de jovial es por darnos ánimos y no caer en esa rutina fácil de no levantarse de la cama con la excusa de que hace mucho frío, y toma de la decisión de ser moderna.

¿Y por qué no convertirme en moderna? Otros quieren ser ingenieros de telecomunicaciones o de montes, yo lo quiero ser,  estoy en mi derecho de ello, es ser moderna. Claro, parece fácil. Los ingenieros tardan, como poco, seis años en acabar los estudios para obtener el título pero… ¿cuánto se tarda en obtener el título de moderna?

Miren señores, a estas alturas de la película, el que me den el título de moderna o no, me la repamplinfa. Y que conste que lo he dicho de una manera fina para que no me puedan acusar de vulgar en ningún momento. No se crean que llegar a esto ha sido sencillo, para nada, ojalá hubiese tenido el mismo arrojo en relación a esa licenciatura que cursé hace años, pero yo entonces formaba parte de la masa y no me hubiera atrevido a expresar esta opinión de esta forma.

Así que aquella mañana gélida del  mes febrero me puse a maquinar qué tenía qué hacer para ser moderna. Y la primera idea, brillante, por supuesto, que se me ocurrió fue apuntarme a una cata de alcoholes varios. Quería hacer las cosas más o menos de acuerdo a una formación reglada por el famoso plan Bolonia. Estaba que saltaba de contenta con mi futuro de moderna.

Nunca me había parado a reflexionar mucho a cerca de los alcoholes varios ni de sus nombres pero todo era empezar, como el rascar… Total, ya saben que siempre he sido un poco sosa, y que más allá del mundo del Martini, nunca había osado aventurarme. Pero sorpresas habría, sorpresas habría…

No me dirán que no mola un mazo eso de poder hablar en cualquier tugurio de moda del origen de la palabra «gin».  Me las prometía tan felices con mi nueva ocurrencia…

El día de inauguración de la cata, me puse mi modelito escolar, mis manoletinas y mi jersey a rayas de marinero, y me planté en la escuela de catas dispuesta a conquistar terrenos inexplorados hasta ese momento.

La fauna urbana que se apunta a estas clases es bastante peculiar. Hagamos un breve repaso de ella. Están los que ya tienen el título de modernos pero quieren ampliar conocimientos. Esos que ya se saben todos los nombres impronunciables de tónicas y ginebras y cómo combinarlos. Un segundo grupo está formado por los clásicos. ¿Qué es un clásico? Un clásico es aquel que llega tarde al curso porque tenía una reunión urgente de trabajo a las 20:30 de la noche y no ha podido salir antes (pues chico, aprende a conciliar vida de cata con el curro, así de claro); es ese individuo que a la primera de cambio te suelta eso de: «uf, yo estoy cansado de los desayunos de trabajo en el hotel Palace, no puedo más». Claro, la vida de los desayunos en el Palace debe ser de dura que ya la quisiera yo para mí. El tercer grupo está formado por una masa heterogénea de gente que no hay manera de hacer una clasificación siguiendo los principios básicos de Linneo (si, el sueco ese que nos clasificó las plantas, ese mismo).

En esa masa estaba yo y en ella intentaba destacar. Les había dicho que quería ser moderna, pero otro sueño a cumplir era destacar de la masa y no hay nada como una clase de este tipo para poder lograrlo. Claro, que es posible que uno destaque para mal, que todo se puede dar, todo se puede dar.

¿Voluntario? ¿algún voluntario para aprender las técnicas del mundo del cóctel? La voluntaria en cuestión acabé siendo yo, por eso de hacer prácticas desde los inicios; sin haber hecho prácticas, insertarse en el mundo de los modernos es muy difícil.

Al profesor, le debí caer en gracia, y vitoreaba con entusiasmo cada uno de los giros frustrados que yo propinaba al vaso  y el mal uso que daba a todos los aparatos que había que utilizar para la realización del cóctel.

Salí más o menos airosa del trance, nada como motivar al alumno, está claro, y cuando volví a mi asiento, me prometí que nunca, nunca más en la vida pediría un «María Sangrienta» vulgarmente conocido como Bloody Mary. ¿Con ese nombre quieren que alguna vez pida otro? Ni loca, señores, ni loca.

Lo de saber idiomas es lo que tiene que hasta en un cata de cócteles… ¡una le saca punta a todo! Elena Rodríguez Calatrava

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