De cómo empecé a luchar contra WordPerfect.

La nueva herramienta

Pensamiento Analítico. No empiecen a quejarse ya. Sé que el inicio del texto es duro pero… ¿nadie les ha dicho que la vida es dura?  Sí, lo sé, que puedo hacer inicios más ligeros por eso de que aún estamos en verano y que a ustedes les molan los temas relacionados con el marujeo y la realeza pero yo solo les estoy preparando para ese otoño «hard» que nos espera en breve.

Siempre he sido una entusiasta de Pensamiento Analítico, desde mi más tierna infancia. Otros eran aficionados a las muñecas de Famosa, yo a mi Pensamiento.  Cuando llegué al colegio por primera vez, empecé a ver que las aficionadas a las Nancys eran mayoría y que yo me movía en base a otros parámetros (ahora lo estupendo sería confesar que yo era fan de las Barbies, pero nos vamos a alejar del tema que quiero abordar y tampoco es plan).

A ver ¿para qué necesitaba yo aprender a manejar ese palito alargado al que llamaban Lapicero y hacer esos dibujos que la señorita Carmen me decía que eran letras si yo tenía a Pensamiento Analítico todo el día a mi vera? Para nada, no lo necesitaba para nada porque él ya me había colocado todas las letras bien puestas en mi cabeza. El orden ante todo, en el armario o en la cabeza, pero sobre todo orden. Me encanta el orden desde siempre. A otros les gustan las alcachofas, a mi me gusta el orden.

Con esa idea de orden empecé mi andadura en el colegio (público, por supuesto, que para eso mi señora madre se había sacado una plaza por oposición de maestra y había que dar ejemplo). Yo tenía todas mis letras bien ordenadas en la cabeza y no necesitaba ni a Lapicero para ponerlas en una hoja ni a Cartillas para aprender a leerlas en voz alta. Yo me lo guisaba todo en mi interior y yo me lo comía.

Pero como ya hemos comentado un poco más arriba, la vida es dura y nos pone a cada uno en su sitio, así que yo a pesar de no estar nada predispuesta a ello, me tocó aprender a lidiar con Lapicero y con la odiosa Cartilla Bruño.

Como siempre he sido bastante espabilada, o eso es lo que dicen los demás, aprendí las técnicas básicas de defensa escolar ante las letras y me fui bandeando la mar de bien. Ya me veía dichosa y feliz para el resto de mi vida. Me había dicho a mi misma: «chata, ya está, ya te has enterado de qué va el cotarro este de tener que escribir y leer letras en voz alta, no se te da mal, ahora te puedes dedicar a la buena vida».

En estas estaba yo, dedicándome a la buena vida cuando sin comerlo ni beberlo apareció un elemento nuevo en mi vida. Era cuadrado, parpadeaba cuando le daba la gana y tenía más paciencia que yo porque a la más mínima me sacaba de mis casillas.

Si, a todo ser humano, que dirían los poetas, le llega su ordenador personal en algún momento de su existencia. Más tarde, más temprano, pero llega. Y que conste que avisa, que no suele aparecer de repente (eso quisiera yo, que apareciera ese otro que viene con una manzana mordida y te guiña un ojo de manera zalamera).

El calvario empezó de nuevo con energías renovadas. Con los años, mi Pensamiento Analítico se había acostumbrado a compartir el terreno con folios llenos de garabatos, cuando eran de fabricación casera, y con esos otros palotes rígidos y académicos cuando venían de fábrica.

Este nuevo compañero, al que apodaban «Wordperfect» (si, y encima con recochineo,  don Palabra Perfecta ni más ni menos) le pilló desprevenido a Pensamiento Analítico. La situación era la siguiente. Yo me colocaba con Pensamiento Analítico y mis diez ayudantes (conocidos vulgarmente como dedos) enfrente de Enemigo, que siempre solía vestir de blanco y lanzaba mensajes en color negro.

Empezábamos los cuatro integrantes de buen rollo, ya saben ustedes, yo siempre conciliadora que no me gustan nada los gritos ni las disputas.

Lo malo es que Enemigo, en cuanto nos descuidábamos, nos empezaba a dar caña.

Pensamiento analítico y yo queríamos escribir «ay» porque ese día nos dolía el alma (siempre he sido muy sufrida de joven) y Enemigo  escribía «hay». ¡Qué no hombre, qué no, que no «hay» nada en el alma, que es etérea pero aun así nos duele!

Segundo intento y segundo intento que Enemigo nos boicoteaba de manera exitosa; en este caso, él que se las daba de original, escribía «ahí». Otra vez a luchar de nuevo, qué sí, que ya sabemos que el alma está por «ahí» pero que nos duele igual y por eso queremos escribir «ay». Esto era un sin vivir. Ejemplos tengo miles, pero no les voy a cansar con ellos, este es un ejemplo brillante y con uno basta.

No sé cómo, con tantas luchas como nos tocó emprender juntos contra Enemigo por todos estos matices, Pensamiento Analítico no me abandonó y me dejó sola ante el peligro.

¿Y todavía se preguntan ustedes cómo soy capaz de empezar un texto hablando de Pensamiento Analítico? Un monumento es lo que le voy a hacer en cuanto Hacienda me devuelva todo lo que me debe. ¡Un monumento! Elena Rodríguez Calatrava

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